Monday, October 27, 2014

10

Los nervios. Las colas. Las acampadas. La gente que conoces. La espera. El sentimiento de pertenecer a ese lugar. El bombo retumbándote en el pecho. Las lágrimas que no puedes controlar. La sensación de libertad. Desear que sea eterno. Absorber cada momento. Los gritos que te desgarran la garganta. Los pisotones. Los empujones. La insensibilidad por la emoción.
Esos nervios agarrotados en el estómago cuando las luces se apagan y todo lo que se oye son gritos ahogados, incluido el tuyo. Esa desesperación cuando el telón cae para descubrir el escenario. Esa necesidad de saltar cuando ves que en el escenario ya se ilumina a los artistas. Esa sensación de incredulidad al verte allí, al fin, después de tanto tiempo esperando.
Y una vez que todo empieza el resto del mundo desaparece. Estás rodeado de gente, te empujan, te gritan al oído, te pisan, te estampan contra alguien, te evitan volver al suelo cuando saltas… pero nada de eso importa. No notas el dolor. Los codazos y los pisotones se vuelven parte del momento y hasta los aprecias.
Porque todas las personas que te rodean, que te pegan de forma casi cruel, están en el recinto por lo mismo que tú. Porque adoran al artista que está ahí arriba, guiándoos con su música, de la misma forma que tú lo adoras. Y es esa sensación de comunidad, de pertenecer a algo superior, a algo que la gente que no se encuentra allí dentro no comprende, lo que te hace sentir lleno.
Nada importa salvo el hecho de que estás allí y la música te inunda. Los latidos de tu corazón ya está ninmersos en los golpes del bombo, tu garganta ha decidido que le da igual la afonía y sigue cantando sin que tú lo pienses, tus pies doloridos antes de empezar ya parecen no sentir nada. Tu cuerpo se mueve con la masa, tampoco puedes huir de ese movimiento, pero no intentas evitarlo.
Te empapas de la sensación, de cada sentimiento. Te llenas de todo lo que ves y oyes, porque no quieres olvidarlo nunca. Quieres poder contar la experiencia una y mil veces sin olvidarte de los detalles que lo hicieron tan especial.
Detalles como el momento en el que no pudiste aguantar más y las lágrimas comenzaron a caer. O cuando intentaste bajar los brazos pero no podías porque había demasiada gente. Cuando te giraste y viste a tu grupo de amigas llorando como tú. Cuando todo lo que podías oír era un coro de voces, horribles por sí solas, que formaban una armonía perfecta. Cuando cogiste la mano de tu amiga porque era el movimiento máximo de aprecio que podías realizar.
Y no quieres dejarlo ir. Sabes que una vez los acordes se apaguen y la oscuridad se ilumine tendrás que volver a la rutina y la vida diaria. Volver a ser un alguien cualquiera. Cuando lo que de verdad deseas es quedarte rodeado de todas esa gente durante el resto de tu vida.
Pero todo acaba, y eso es lo que lo hace tan especial. Las luces se encienden y todo el mundo sale en masa. Y tú, aún aturdido porque no terminas de creer lo que has vivido, te limitas a dejarte llevar por el grupo.
Vuelves a casa. Con un pitido en los oídos que no se va, la boca seca, la garganta enrojecida que se niega a hablar correctamente, el maquillaje hecho un desastre, el pelo alborotado, la ropa sudada, las piernas molidas y los pies insensibilizados.
Pero aún notas ese retumbar del bombo en ti, esa melodía cantada por el público, esa conexión que has creado con ciertas personas allí dentro y que sabes es muy difícil que se rompa.
Y te vas a la cama, con una sonrisa en el rostro y las lágrimas bañándolo.
Motivo número 10 para ser feliz:

Monday, October 20, 2014

9

En un día frío, manteniendo ambas manos a los lados de la taza para absorber el calor que desprende. En días calurosos, dejando que el hielo se derrita apenas lo suficiente para que se enfríe y mantenga su sabor.
Por las mañanas, recién hecho y que despierte. En casa, con tu taza favorita y que no dejas que nadie más toque. En la cafetería de la facultad porque no te ha dado tiempo a tomarlo antes. En un termo en mitad de clase. Después de comer, así te espabilas y la tarde te cunde más.
Su olor inunda la sala cuando lo haces, creando así esa sensación de hogar que tanto nos gusta. Reconfortando cuando nos sentimos solos o cabizbajos. Haciendo que rememoremos todos esos momentos en los que lo disfrutamos con buena compañía. 
Dar un sorbo, antes de que se enfríe, para notar ese escalofrío que te recorre la columna vertebral.
Dejar que te temple desde dentro con su calor reconfortante.

Calienta, reconforta, despierta. No se puede pedir mucho más de una bebida tan simple y deliciosa.




Motivo número 9
para ser feliz:
Muchas gracias a Lu (@fightmeinthesky) por compartir conmigo la felicidad que le provoca.

Monday, October 13, 2014

8

Dicen que son la familia que eliges, ese grupo de personas que no tienen ningún vínculo contigo en un principio pero que acaban siendo una parte importante de ti mismo.
No necesitas buscarlos para que aparezcan. No necesitas llamarlos para que te consuelen. No necesitas pedirles nada para que te den un simple abrazo. Están ahí, siempre, a tu lado, para levantarte cuando te caes y hacerte sonreír cuando lloras. Te dicen la verdad y no lo que quieres oír, porque es mejor una verdad dolorosa que una gran mentira.
Ni se compran, ni se venden, ni se prestan. Se ganan. Si quieres uno el primer paso a seguir es convertirte tú mismo en uno, porque sino la relación no tendría sentido.
Se presentan en muchas y diferentes formas. Desde grandes personas que siempre tendrás presentes en tu vida; hasta personas que considerabas insignificantes y, en poco tiempo, se vuelven parte del aire que respiras.
Aunque muchos lo piensen, no necesitas verle todos los días o todos los meses para que siga ahí contigo. Si el sentimiento permanece, nada habrá cambiado cuando os reencontréis.
Tampoco hace falta un primer encuentro para que surja. Mi experiencia personal me ha enseñado que esas personitas que conoces por casualidad gracias a las redes sociales (bendito Twitter) pueden convertirse más importantes que las que ves a diario. Y, a pesar de lo que muchos creen, la relación sigue el mismo proceso que seguiría en persona. Conoces a alguien, te llama la atención, habláis, os conocéis, habláis más, os contáis la vida, encajáis… y os conocéis personalmente.
Debo decir que he vivido pocos momentos tan o más mágicos que ver a alguien que te importa tanto por primera vez. Abrazar a esa persona por primera vez, ver cómo es delante de ti, poder hablar en persona…
Y no siempre todo va bien, a veces las cosas fallan, tanto en una relación normal como en una empezada por internet. Os separáis porque evolucionáis en direcciones diferentes y ya no tenéis tanto en común.
Pero otras veces, milagrosamente, evolucionáis en la misma dirección y, no solo eso, sino que hacéis amigos mutuos y creáis vuestra propia pandilla. Una con un nombre estúpido que no tiene explicación con la que quedar cada fin de semana a no hacer nada salvo reír.
Salir a dar una vuelta y acabar en el mismo Dunkin de siempre. Mirar una tienda que os interesa y acabar media tarde allí metidos porque todo os gusta. Buscar rincones nuevos en los que hablar tranquilamente. Sentarse en un banco y acabar en el césped porque sois demasiados y no os veis la cara. Improvisar y ponerse a jugar a las películas porque, ¿por qué no? Que salgan respuestas disparatadas.
Contar cómo te ha ido la semana y obtener respuestas. Consultar un problema y sacar un consejo por persona que te ayude a afrontarlo. Compartir música, libros, películas, series… Ir a un concierto en grupo, vivir una experiencia inolvidable que os unirá para siempre.



Motivo número 8 para ser feliz:

Monday, October 6, 2014

7

Primero llega el olor, ese olor inconfundible a mojado. Entonces empiezas a oír como el cielo truena, ruge. Un destello y las gotas de agua empiezan a caer una tras otra, cada vez con más velocidad e intensidad. Las gotas golpean los cristales, empapan las calles, caen sobre paseantes despistados que han olvidado coger un paraguas.
Soy de las que abre las ventanas cuando llueve para que el olor a lluvia inunde la habitación. De las que ponen música de fondo para acompañar el sonido de las gotas. De las que se pegan al cristal para ver la tormenta en todo su esplendor.
Quedarse en casa, resguardado. Con una manta, una buena taza de chocolate caliente, café o té; un buen libro y algo de música. Llueve y el día se vuelve perfecto para estar en casa tranquilo y relajado simplemente estando.
Aunque también puede ser un día perfecto para salir. Coger el paraguas y dar una vuelta por las calles vacías y mojadas de la ciudad. Pararte en una esquinita bajo tu paraguas a respirar el olor a húmedo, a dejar que el agua te limpie por dentro.
Y, también, ¿por qué no? Ir a dar un paseo sin paraguas. Una simple capucha es suficiente, o al descubierto totalmente. Dejar que la lluvia te empape, porque si disfrutas de los días de sol absorbiendo sus rayos de calor, ¿por qué no disfrutar de los días de tormenta de la misma forma? Esconderte de vez en cuando bajo los techadillos de las terrazas, meterte en un portal a escondidas, correr de un lado a otro porque ahora llueve más y estás completamente empapado. Llegar a casa en remojo, quitarte los zapatos en la entrada y mojarlo todo hasta que llegas al baño para secarte.
Volver a ser ese niño que salía siempre con sus botas de agua a pisotear cada uno de los charcos con los que se cruzaba. Sigue siendo igual de divertido pisar los charcos, aunque cuando crecemos nos preocupamos más porque se nos estropeen los zapatos que por disfrutar.
Cómprate unas botas de agua y un chubasquero. Espera a que llueva, pero que llueva de verdad. Espera a que llueva tanto que parezca que el agua va a romper las ventanas de casa. Ponte tus botas y tu chubasquero y sal a la calle.
Espera unos minutos, disfruta del sonido antes de salir a mojarte. Saborea ese olor, deja que las gotas cayendo se te queden grabadas en el tímpano, observa la trompa de agua caer desde el cielo y golpear las hojas de las plantas… y entonces, cuando ya te lo sepas de memoria, sal a mojarte.
Primero despacio, no corras. Deja que la lluvia te cale. Extiende los brazos para notar las gotas golpear tu cuerpo, mira hacia el cielo y abre la bocaporque será una chorrada, pero seguro que te hace sonreír.
Y entonces, sí, corre. Busca un charco, salta sobre él, baila sobre él. Busca otro charco y repítelo. Corre hasta que te quedes sin aliento, dejando que las gotas te golpeen en la cara y el pelo se te quede pegado por todas partes. Busca un sitio en el que resguardarte y recupera el aliento. Y cuando lo hayas recuperado vuelve a salir.
Llegarás a casa agotado, empapado, puede que helado, con posible principio de constipado… pero lo bien que te lo habrás pasado tú solo con la lluvia no podrá quitártelo nadie.
Los días de lluvia son de esos en los que salir a disfrutar, dejar que la gente te mire como si estuvieras loco, sonreírles al pasar y seguir con tu ruta de charcos. 

Motivo número 7 para ser feliz: