Monday, August 25, 2014

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Me resultaba extremadamente difícil imaginarme viviendo en un sitio que no fuera aquél. Abandonar el nido, como suele decirse. No me gustaba depender de mis padres, vivir a su costa ni compartir vivienda con toda aquella gente; pero la simple idea de vivir sola me resultaba completamente extraña e inimaginable.
Mi casa era un hervidero de gente. Personas salían y entraban a todas horas, sin parar. Unos entraban para quedarse, otros solo pasaban durante las comidas, la mayoría solo estaba de visita; pero la riada de seres humanos nunca cesaba. Estando tan acostumbrada como estaba a oír voces entre aquellas cuatro paredes que tan bien conocía, la incomodidad que sentía cuando el silencio se apoderaba de todo era estremecedora.
No recordaba, ni recuerdo, un solo momento de mi vida en el que no haya vivido rodeada de una gran cantidad de personas. Casi siempre había alguien en casa, ya fuera para pasar la tarde o para quedarse a cuidar de mi cuando era pequeña.
Incluso cuando nos íbamos de vacaciones a ese pequeño apartamento que tenían mis abuelos en la playa nos movíamos en masa. Aún hoy me resulta difícil recordar cómo conseguíamos entrar tantas personas en aquel apartamento. Llegamos a juntarnos más de diez personas entre sus paredes. Comíamos y dormíamos todos allí dentro. Ni siquiera mi cabeza es capaz de idear un tetris que sea capaz de meter a tanta gente en aquellos metros cuadrados hoy en día.
De vuelta en casa compartía habitación con mi hermana pequeña. Dormíamos juntas y jugábamos juntas. Y, como en la habitación no había espacio suficiente para meter dos escritorios, estudiábamos en el salón.
Estudiar en el salón implicaba muchas cosas, como que mi hermano también se encontraba allí haciendo su parte de los deberes. Nos juntábamos allí los tres para hacer la tarea que nos mandaban en clase, por lo que nunca llegábamos a estar solos cuando estudiábamos.
Además, durante las horas de trabajo personal, mis padres se quedaban revoloteando por allí ya fuera leyendo un libro o controlando que hacíamos lo que debíamos y no nos distraíamos.
Sumamos a esto la extensa familia que tengo. Cuando no había algún primo rondando por casa para cuidar de nosotros o simplemente entretenernos, pues somos los pequeños, estábamos en casa de algún tío o abuelo correteando por todas partes.
No resulta difícil imaginarse lo imposible que resulta en un entorno como este encontrar un momento de soledad. Siempre con alguien cerca por un motivo o por otro incluso me atrevo a dudar que en aquél entonces supiera lo que era siquiera estar solo.
Hasta que no conseguí habitación propia con un escritorio para mi en el que poder trabajar sola no encontré la verdadera soledad. Pero incluso hoy en día viviendo en esta casa grande y con una habitación para mi resulta difícil encontrar un momento en el que no tener a alguien cerca.
Por todo esto, cuando consigo escabullirme de todo el alboroto que me rodea para pasar un momento en soledad con mis pensamientos encuentro una paz única. Una paz que no puedo comparar con nada más. Una paz que me inunda, haciendo que todo desaparezca salvo ese momento y yo.



Motivo número 1 para ser feliz

Monday, August 18, 2014

100 motivos por los que ser feliz

Hacía calor, mucho calor. Calor de ese que aletarga y te impide hacer nada. Lo único que apetecía era quedarse tirado en algún sitio de la casa donde el sol no pudiera alcanzarte. Esconderte en la sombra a esperar que la noche llegara mientras te aprovechabas de ese milagro que es el aire acondicionado.
Dudaba seriamente que pudiera haber alguien en la calle. Imaginaba las calzadas derritiéndose, las suelas de los zapatos echando humo al entrar en contacto con el suelo y el agua de las fuentes evaporándose sin descanso.
Hacía mucho calor.
El agotamiento que la temperatura me provocada mezclada con la cantidad de tiempo libre que las vacaciones me proporcionaban no me permitían moverme del sofá. El aire me daba cada diez segundos, me enfriaba los pies y pasaba de largo. Y así de forma incesante. Me pasaba las horas muertas contando los segundos que el aire a 22º me tocaba la piel para luego abandonarme.
Minuto tras minuto miraba al techo de la sala esperando encontrar una mancha nueva de pintura, una sombra nueva creada por la luz… lo que fuera. Pero nada sucedía. Ni siquiera mi cerebro era capaz de pensar nada más elaborado que “me muero de calor”.
Hasta que llegó un punto en que no pude soportarlo más, me levanté de donde estaba y me metí en la ducha. El agua fría refrescando todo mi cuerpo, despertando a mi cerebro de su aletargamiento, haciendo que todo mi ser disfrutara del momento.
Fue entonces cuando algo dentro de mí hizo click. No sé si atribuírselo al cambio de temperatura, a que mi cerebro llevaba creándolo un tiempo pero no era capaz de dejarlo salir o a la simple felicidad que me provocó entrar en contacto con el agua fría; pero tuve algo así como una idea lo bastante aceptable como para llevarla a cabo.
Desconocía si sería tan fácil desarrollarla como pensarla, pero no perdía nada por intentarlo. Usaría mi experiencia personal, mis problemas, mis vivencias y escribiría algo así como un diario sobre las pequeñas y grandes cosas que me hacían ser feliz.
La idea era que cada día me sentara frente a un papel o un ordenador a escribir algo que me había hecho feliz recientemente, algo que me hubiera llenado de felicidad durante un momento grande o pequeño. Desarrollaría cada experiencia, recogiendo cómo me había hecho sentir exactamente y por qué y lo guardaría en un lugar seguro. ¿El motivo? Era sencillo: lo guardaría para poder leerlo cuando sintiera que nada podía hacerme feliz.

Y así comenzó mi simple y enrevesado proyecto.